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Ninguno de nosotros, probablemente, hubiera podía prever jamás la situación a la que nos han conducido los poderes reales que gobiernan el mundo o todo lo que se mueve sobre él, y lo único que se les ocurre es enviar mensajes de que ellos nos sacarán de esa desastrosa situación desesperante...
¿Tenemos que ser incrédulos o realistas? ¿Podemos confiar en las mismas mentes privilegiadas que nos han guiado hasta este callejón sin salida? Sus métodos disfrazados de ciencia económica y su bola de cristal no parece que hayan estado lo suficientemente clarividentes. En la fase actual, lo que les conviene es crear el clima de que debemos sentirnos contentos con lo que tenemos pues podría ser peor, y que por ello es necesario recibir con alegría menguadas mejoras para unos pocos y estancamientos que representan retrocesos para muchos. Eso sí, hoy lo que se lleva es el modelo corto, y por ello en todas partes se acuerdan recortes para dar más libertad al cuerpo... al cuerpo de baile de ellos, por supuesto, para que dancen con más soltura. Así, lo que corresponde es untar bien a los llamados sistemas financieros para que puedan hacer frente a sus (SUS, insistimos) necesidades con fondos y esfuerzos que debemos aportar todos –bueno casi todos, pues ellos no hace falta que lo hagan, ¿verdad Mme. Lagarde?– con reducciones salariales, subidas de impuestos, regulaciones laborales, disminución de beneficios sociales, planes de viabilidad y una retahíla interminable de vocablos que empiezan ya a producir urticaria. Y, todo ello, ¿a cambio de qué? De pequeñas y continuas dosis de lisonjas y esperanzas dudosas de que ellos (el poder económico, sus fórmulas de gobierno, sus organizaciones administrativas, sus sistemas de control, su afán de mantenerse en su estatus...) encontrarán de nuevo el camino al "gran negocio". En esa situación, el resto de mortales se encuentra inmerso en una profunda sensación de soledad, a la deriva. Estamos naufragando en un inmenso sistema fracasado sin posibilidad de poder encontrar una isla que nos salve de la asfixia. Pero, ¿quién nos va a echar un salvavidas? Incógnita de difícil respuesta. A nadar toca, quien sepa claro, y luchando para que sea a contracorriente. Al menos, aunque sea por unos instantes, veremos que no estamos solos. Si nos mantenemos unidos será mucho más difícil que consigan hundirnos. |